>Los nuevos señoritos

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Es muy normal oir a los políticos entrevistados durante la feria declarando que estamos “en feria”como si estuviéramos en una tregua política o en un espacio neutral, en terreno de nadie. Un sitio donde quieren hacernos creer que se apaciguan los enfrentamientos, se olvidan los desencuentros, en definitiva un lugar de paz, algo así como la navidad, y por ello se pueden ver abrazos entre rivales y incluso besos entre enemigos, “estamos en feria” es una justificación válida para cualquier situación por absurda que sea.

Es cierto que allí nos encontramos con gentes a las que sólo vemos de año en año, gentes a las que apenas saludamos por la calle cuando nos cruzamos, amigos olvidados, familia alejada, y cierto es también que la euforia etílica mezclada con las ganas de esparcimiento y el entorno favorece el acercamiento, el desbastado, aunque sea temporal, de las aristas y el desencuentro.

Pero no es menos cierto que la feria reproduce la ciudad durante el tiempo que dura en todas sus facetas, las más insolidarias y duras también, la venda que en nuestros ojos puede poner el estado alterado por el vino o la euforia no puede ser tan gruesa como para no dejarnos ver situaciones injustas.

No vemos, porque no están, aquellos cuya situación no les permite asistir a la feria, reproducción de su papel en la ciudad cotidiana, pero en los paseos y casetas también se expresan las diferencias sociales y económicas, los trashumantes vendedores de claveles y tabaco, las jóvenes madres intentando recibir alguna propina generándo lástima con sus pequeños en brazos, muchos que soportan horarios y tareas infernales porque es el único trabajo que van a tener en mucho tiempo.

Otros que si vemos y que son un gran grupo en feria son esos que intentan parecer de un estrato social que ellos creen superior. Esta actitud, muy extendida en nuestra sociedad, se puede apreciar en la forma de vestir, en las poses, en el gasto muy por encima de sus posibilidades, es la pretensión de parecer un señorito jerezano, mimetizarse hasta sentirse como tal y ser admirado por ello por sus iguales, esta conducta no sólo se puede ver en la feria, es normal en la semana santa, en los actos cofradieros y en otras muchas actividades, no se trata de vestir bien, o a la moda, como pasa con los trajes de flamenca, se trata de parecerse lo más posible a los rancios miembros de la “alta” sociedad jerezana.

¿No tiene la penosa situación económica, social y cultural de nuestro pueblo una importante base precisamente en la escala de valores que transmite esa figura?,  una escala en la que a los jóvenes se les inculca el ideal de ser de ésos que se distinguen de los demás sólo por su situación económica y de privilegios, de esos que nuestros poetas describieron desde hace años organizando saraos y juergas, derrochando en vino, drogas y mujeres, ganándose un falso respeto a base de billetes, abusos y soberbia, a la que incluso la llamaban “clase”, “que clase tiene la duquesa de Alba”, “es una gran señora”, se puede oir entre ese tipo de admiradores imitadores.

Cuando esos valores se convierten en el ideal a imitar,  en vez de enaltecer el valor del progreso social, del trabajo, del estudio o la solidaridad se generan ciudadanos incompletos, ciudadanos que piensan que el esfuerzo y la honestidad no llevan a nada, que cualquier medio es justificable cuando sirve para alcanzar ése estatus, y como eso no es casi nunca posible por la humildad de su origen se conforman con parecerlo, con imitarles, y ser admitidos en sus cerrados círculos como meras comparsas.

Curar enfermedades, hacer buenos muebles, escribir poemas, cuidar plantas, conducir autobuses, hacer leyes, cantar, pintar o enseñar se muestran como actividades a las que hay que dedicar toda una vida de esfuerzo y trabajo para al final sólo sobrevivir y tener un reconocimiento exiguo, es mejor torear, jugar al futbol, corromperse, dar el pelotazo, o acostarse con un torero famoso para salir en los grandes programas basura y ganar mucho dinero sin hacer nada y entonces sí, tomarse una copa de fino con los marqueses y duques paseando en un landó por el real de la feria, eso sí que es triunfar.

La feria es por todo esto el escenario de una batalla, que se libra con armas poco usuales, el caballo, el traje corto, la chaqueta cruzada de botones dorados, las camisas de polo, el pelo engominado, las juergas flamencas pagadas con asistencias de artistas y personajes de la prensa rosa, las tardes de toro con sombrero y puro, en fin todo un abanico de metodos y parafernalia son las armas que sirven para desmontar cualquier, no ya acto, sino incluso intención, tendente a derrocar ese entramado de privilegios, esa sociedad añeja y medieval. Si se creen con capacidad de ser señoritos, de compartir esos privilegios aunque sea tan sólo por un día, no querrán acabar con ése régimen, con esa sociedad, porque algún día ellos esperan estar en ésa cumbre.

Y en medio de esa batalla incruenta, este año nos encontramos con unos grupos repartiendo abanicos de distintos colores y llamativas frases pidiéndonos ser elegidos para compartir con esos las fotos en las procesiones y romerías, las medallas de oro y nombramientos de hijos predilectos, para al final hacer lo mismo que los de la gomina, imitarles y ser admitidos en sus reducidos circulos.

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